lunes 9 de mayo de 2011

Desfile Final

El muerto iba rebotando en la carreta, al lado de las naranjas caídas de cuando descargaron en el mercado. Todavía no despedía olor pues era muy pronto, pero el aire comenzaba a perder su olor cítrico.
La calle por la que transitaban no estaba pavimentada, y nunca lo estaría. Sólo los más ilusos aún creían que uno de estos días vendrían los hombres del ayuntamiento con sus herramientas. El resto del pueblo había aprendido a convivir con ella, disfrutar de las partes sin pozos, y a salir con botas altas después de la lluvia.
Pero a pesar de su estado, esa era la calle principal del pueblo; desde ella y hacia ella iban todas las demás calles y caminos, y las casas estaban todas allí.
Ahora el muerto, cuyos pies sobresalían de la carreta y dejaban un rastro profundo en la tierra con sus viejos zapatos, hacía su desfile final, mientras los otros habitantes observaban en silencio la escena. Ese último viaje, del que no se regresaba, era bien distinto de los otros que había hecho en vida.
El muerto lloraba, y sus lágrimas iban mojando sus atuendos, que comenzaron a heder cada vez más fuerte. Los habitantes cubrieron sus narices para protegerse del olor a putrefacción que invadía al pueblo; no querían que ese fuera su último recuerdo del muerto.
Y así, en silencio, casi como si quisiera haber pasado desapercibido, el muerto desapareció para siempre del pueblo, y la única huella que quedó de él fueron las de sus zapatos sobre la arena.

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