Hoy no tengo ganas de hacer nada. De verme en el espejo, de sonreír.
Los pies me pesan y los brazos ya no se levantan por más que los miro fijamente ordenándoles moverse. Mi cerebro se detendrá en breve, y entonces ya nada me importará.
Afuera está lloviendo; siento algunos truenos de vez en cuando y por las rendijas de las persianas se cuela una luz tenue y blancuzca.
Mi estómago es el único que aún da señales de vida; grita con su hambre estúpida e insaciable de siempre, pero hoy nadie escuchará sus plegarias.
Hoy es domingo, y en vez de descansar, me voy a apagar. Para siempre. El egoísmo en su máxima expresión, no me importa siquiera qué será de los que queden atrás. Pobres ellos que van a estar solos muy pronto.
Porque he decidido cambiar. Ya estoy fuera. Mi viejo yo se despide de mí para siempre; le tomo la mano inerte y le acaricio la frente sudorosa.
Tenemos la misma ropa puesta, pero no podríamos ser más diferentes. Ahí, tan gris, esa simple carcaza sin vida que me devuelve una mirada eternamente congelada. Adiós. Nos volveremos a ver cuando se acabe mi tiempo, y alguien más venga a despojarme de mis días.

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