sábado 17 de octubre de 2009

Estoy regresando mucho este año. Debería visitarme más seguido...

Estoy sentada en medio del espacio vacío. Las paredes rosadas se estiran por sobre mi vista hasta terminar en cúpula. No sé qué haya más arriba. Por ahora me entretengo investigando mi alrededor.

Las dos ventanas me muestran una vista fascinante. Algunos días el paisaje es bellísimo; cada tanto llueve y entra agua, pero fuera de eso, mis persianas son infranqueables, y en las noches el mundo se detiene mientras duermo segura.

Hay un puff gris en el medio. A veces se hincha, creo que es la humedad; hasta casi empujar las paredes para salirse. Pero usualmente luce muy pequeñito. Hay espacio para muchas otras cosas; inclusive puedo sentármele encima, o usarlo de almohada cuando me recuesto para ver pasar los pensamientos. Son tantos, y siempre están moviéndose a mi alrededor... Me encanta esa luz brillante que emiten algunos cuando recién nacen; más adelante cambian varias veces de color, y luego desaparecen por un túnel. Otros son pequeñitos y grises; chorrean una sustancia viscosa de la que intento alejarme porque quema todo lo que toca.

También escucho voces. Si estoy de buen humor, les respondo, pero nunca me hacen caso. Son libres, y digan lo que digan, no hay forma de hacerlas callar. Estan conmigo desde que tengo memoria y son mis mejores amigas; cuando se divierten conmigo escucho el eco de sus risas por toda la habitación.

Hasta hoy no había tenido el coraje de bajar por el túnel. Las voces me decían una y otra vez que hay un sitio mágico, donde quedan guardados todos los pensamientos que veo escaparse día a día de mi cuarto. Algo me decía que estaban allí esperándome, así que bien sujeta de la baranda blanca que desciende casi vertical, comienzo a descender hacia la oscuridad.

Siento que hay paredes rosadas también a lo largo del túnel, pero no puedo ver. Sigo bajando despacio, escalón por escalón por lo que parece una eternidad, hasta que en un momento, percibo un brillo allá abajo.

Será el final del túnel? me apresuro, mientras el brillo crece y crece, hasta casi enceguecerme mientras me acerco. Y entonces lo sé: me recibe con latidos de alegría; es cálido y confortable. Por fin llegué a mi hogar.

viernes 14 de agosto de 2009

Viernes optimista (después de tanto tiempo!)

Viernes y no quiero más. La sonrisa está cansada.
Pero hace calor, y eso me alienta a seguir; a aguantar unas horas más.
Antes de encontrarme con mis otros ojos y sentir que ahora sí soy yo.
Yo contra el mundo, ¿Y qué? Quizás pueda hacerlo


Extraño y me extraño. Hoy salí sin abrigo.
Y me gustó la experiencia de cruzar la calle con el viento en la cara y el cabello volando desordenado.
Encontré algo muy mío. Las sonrisas que se escapan y se cuelgan alrededor de mi cuello.
Ahí estuve todo este tiempo, sólo que no lo sabía.


El sábado se acerca y me promete un reencuentro.
Esta vez le digo que sí, que quiero dormir, caminar, cantar, saltar, gritar y volver a reír.
Esta vez le agradezco por regalarme una primavera y un día de liberación.
Volví.

sábado 13 de junio de 2009

Quejas a la vida

Sigo sin entender qué quiere la vida de nosotros.
Qué pretende con tantas pruebas que nos plantea.
Con tantas equivocaciones que cometemos.
Con tanto arrepentimiento y tan poco perdón.
Con tanta falta de sinceridad.

No entiendo qué hacemos con los días que nos duelen.
Dónde nos guardamos los errores propios y los de los demás.
A dónde llevamos nuestras ganas de cambiar.
En qué rincón escondemos el amor.
Y a qué precio vendemos nuestras sonrisas.

Quiero que alguien me explique dónde se perdió el hogar.
De quién son los ojos que nos quieren cautivar.
Cuántos días nos quedan por sufrir. Cuántas horas por pelear.
Cuántas batallas por ceder.
Antes de llegar a entender lo que el amor nos puede hacer.

martes 7 de abril de 2009

El muro de los lamentos

cómo duele tu verdad...

Apunten, disparen, fuego. La enorme piedra es catapultada hacia la muralla de piedra macisa, sin que ninguno de sus habitantes se den cuenta de lo que está a punto de suceder. El impacto es inminente, pero ellos, tan concentrados en la belleza de sus nuevos vecinos, no vigilan ese flanco.
El destrozo es catastrófico, los bloques de adoquines van cayendo, y ya casi se ve el corazón de la ciudad destrozado por la enorme roca, que sigue girando impulsada por quién sabe qué misteriosa fuerza, internándose en las profundidades de la ciudad.
Los habitantes están sorprendidos, y comienzan a oírse a lo lejos algunas voces que dan la alarma. Muchos se asoman, incrédulos, por el hueco, y sus rostros se tensan en gestos de horror al comprender lo que está sucediendo.
Troyano testimonio de lo peligrosa que es la confianza, tarde comprenden el mensaje de sus antes amigos. Fueron traicionados; la alarma suena a un volumen ensordecedor y los gritos invaden el aire, impidiendo que nadie pueda evaluar los daños, ni pensar en una reacción rápida y lógica para salvarse minimizando el daño. Nadie siquiera tiene una explicación para lo que ven sus ojos.
Y sin embargo, sus vecinos son tan bellos, que antes de responder al ataque
hay quienes proponen devolver la roca gigante para que destruya la catapulta y dañe lo más que pueda del ejército hermoso–, comienzan a gritar desde el hueco “¿por qué?”.

Los invasores reaccionan: cesan el ataque, y comienzan desesperados a correr en dirección al muro deshecho pidiendo perdón. Algunos se mantienen en su posición, y probablemente haya otros tantos escondidos, esperando al acecho.
Pero el hechizo se rompe, los habitantes comienzan a comprender; y la verdad se hace presente como un manto helado sobre todos: hay que protegerse; siempre protegerse. Entonces, buscan a su alcance entre los restos, y con sus colchas y frazadas comienzan a cubrir poco a poco el agujero. Algunos de los vecinos invasores quieren colaborar, pues están arrepentidos, y van sellando los espacios entre las colchas con sus propias lágrimas; pero ninguno se atreve a cruzar al otro lado de la muralla.
Al ponerse el sol, cesa la actividad: el sitio del incidente permanece sucio porque nadie tiene fuerzas para limpiar.
En ese momento, uno de los habitantes nota que el parche en el muro ya no les permite ver a sus bellos vecinos; ni siquiera a aquellos que habían querido ayudar. Habían quedado separados por el endeble remiendo, quizás para siempre. Lo lamentaban, pues los extrañarían, pero así debía ser.

Cae la noche. Nadie duerme de ningún lado del muro; ¿por qué tuvo que pasar esto? Dentro de sí, confiesan los habitantes, todos sabían que abrir las puertas era peligroso, pero el encanto de sus amigos los había eclipsado y ellos los dejaron entrar.
Ahora, habitantes y vecinos dejan sus lamentos escritos en papel en los huecos diminutos que quedan entre colcha y colcha, como queriendo volver atrás en el tiempo, pero sabiendo que el daño es prácticamente irreversible.
Mañana será otro día, y ambos deberán poner a prueba sus capacidades de actores nuevamente. El ritual se repetirá como tantas veces pasadas, y tantas otras por venir. Ellos pretenderán que nada había sucedido, por más que saben que la ciudad no será la misma, que ellos no serán los mismos. Pero quizás…

image: http://tierradebardos.blogspot.com/2009/03/cuentos-de-erian-el-puente-de-los.html 

sábado 21 de marzo de 2009

El amor que no fue

El cuarto de hotel, y ella vestida para salir.
Las persianas bajas, y ella tan tensa.
La cama tendida, y ella con su sonrisa impoluta.
La decoración impersonal, y ella acomodando su cabello dorado.
Los chocolates en la almohada, y ella con mariposas en el estómago.
La luz que se intenta colar por debajo de la puerta, y ella apretando fuerte su pequeña cartera en la falda.
El ruido en el pasillo, y ella alisa su vestido blanco y rosa.
Las sombras que pasan, y ella observando los minutos que pasan.
La moquete manchada hace años, y ella suspira erguida.
Las toallas suaves que esperan en el baño, y ella asume la verdad.
El closet semi abierto, y ella se promete que será la última vez.
La penumbra invade poco a poco la habitación, y ella intenta resistirse a dejar caer la primera lágrima.
El cuarto de hotel, y ella sola.